noviembre 16, 2008

No hay lógica

Había una cosa que no tenía permitido Monarcas en la jornada 17 del Apertura 2008 ante Tigres. Era una sola, tan complicada como él mismo lo permitiera, tan sencilla como él mismo lo quisiera. Era no perder.

Pero el futbol tiene esos detalles de enseñanza, esos en que el deseo se convierte en desesperación, en el que lo fácil se hace difícil, en lo que ocurre lo impensado. Y ayer, en el Estadio Morelos, ocurrió.

Monarcas 1, Tigres 2, el resultado que no debió pasar, el mismo que desplomó el ánimo a casi 38 mil almas, que desató el llanto de Tiago, Droguett, Elías, Aldrete y compañía. Fue el que planteó un silencio de sepulcro, de luto. Sí, de luto, porque Monarcas murió en el Apertura 2008 y su afición acudió a la velación.

Hubo gritos desgarrados, otros de furia, de frustración, de tristeza. Primero cuando Guillermo Marino impactó de bolea al 2’. Todos se acomodaban en el asiento.

También hubo gritos de gozo, cuando Tiago infló el globo que techó al Conejo Pérez y besó la red (23’). Era el empate para soñar con el pase.

Pero llegan los momentos en que la garra se transforma en otras sensaciones y cobijan a jugadores como Fernando Salazar que pelean con intensidad la pelota y el árbitro es implacable con la tarjeta roja.

Las formas de plantear los juegos cambian. Luis Fernando Tena intenta suplir un medio de contención con dinámica (Droguett y Cabrera) y aguantan la primera parte. Lapuente coloca a Kikín Fonseca a un ladito de Tiago para estorbar, pero el brasileño destroza avances con espíritu.

En la segunda parte creció la tensión, Morelia con 10 hombres y llegadas constantes. Ocurre el momento que esperaba Lapuente, el que aprovechó Lobos para filtrar un balón al área que empujó otra vez Marino (56’). Morelia y El Morelos, al borde del colapso.

Y no hay más triste que tantos minutos de agonía, casi eternos cuando se tiene que meter la pelota y el enemigo tiene un conejo de la suerte. Porque ese Conejo Pérez fue el que salvó la tarde y el pase de los felinos.

Quitó del ángulo un cabezazo de Romero (85’), peleó con dureza cuando, casi en la línea, a Mendoza le rebotó la pelota en el cuerpo (85’), y al final, otro manotazo para salvar otro remate picado de Romero (86’).

Entonces el silbatazo que sentencia, el que desmorona las expectativas que se harían válidas con un empate. Morelia perdió, era lo imperdonable. Ocurrió lo impensado.

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